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Raimundo Saporta: la revolución del baloncesto

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jose ignacio pinilla

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La historia del baloncesto, su desarrollo, progreso y crecimiento, no se entendería en Europa sin la enorme figura de Raimundo Saporta. Educado e inteligente, con un don impagable por las relaciones públicas, era la gran responsabilidad no sólo de elevar la sección de baloncesto del Real Madrid a cotas inimaginables, sino también de este deporte en todo el Viejo Continente.

Mano derecha del Santiago Bernabéu desde 1961, sirvió en la junta directiva del club durante 25 años, 15 años como vicepresidente. La sección de baloncesto fue su ojito derecho: bajo su ala llegó Pedro Ferrándiz y la gloria de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta: más de 20 Lighe, 18 Copas y 6 Copas de Europa. Y jugadores extraordinarios como Emiliano, Clifford Luyk, Lolo Sáinz, Wayne Brabender, Walter Szczerbiak, Miles Aiken, Rafael Rullán, Juan Antonio Corbalán (estuvo, además, encerrado en las tarjetas de Di Stefano y de Kopa)… A suma y sigue de figuras que lucharon de tú a tú por el dominio europeo contra el ogro soviético, que cayó en más de una ocasión ante la maquinaria engrasada por Saporta.

Pero antes de la grandeza, los inicios. Difícil. Trágico en ocasiones. De padres sefarditas, el gran directivo nacido en 1926 en Constantinopla, la actual Estambul (Turquía), para emigrar con tres años a París por la gran crisis económica que barrió el mundo en 1929. Creció en una Europa en tensión, bajó la amenaza de un fascismo que avanzó por el continente a hierro y fuego hasta alcanzar las puertas de la Ciudad de la Luz en 1940. La sangre judía que corrió por las venas de la familia empujó a los Saporta en trasladarse a España en 1941. Lo hicieron como españoles gracias al decreto de 1924 de Primo de Rivera, que daba la nacionalidad a los descendientes de todos aquellos hebreos expulsados ​​por los Reyes Católicos en 1492. El accidente no paró con mudanza forzada: su padre murió atropellado por un tranvía en los pocos meses de llegar a Madrid.

Fue el gran impulsor de la Copa de Europa de baloncesto

Viajes, sufrimiento, tristeza y, por fin, la paz. Y y amor. Hacia su mujer, Arlette Politi Treves, y hacia el baloncesto. El primero, de toda la vida, pues ambos se conocieron en Paris; el segundo, desde la adolescencia, cuando en el Liceo Francés, from which cursó sus estudios, comenzó a organizar unos primeros torneis que llamaron la atención del coronel Jesús Querejeta Pavón, presidente de la FEB, quien los introdujo en la Federación en 1947 cuando había cumplido los 21 años (the intentó antes, pero carecía de la mayoría de edad) como un tesoro. En ascenso como vicepresidente fue casos inmediatamente. Estuvo ligado a la ella durante más de 40 años y fue el principal responsable de la organización en España del Eurobasket de 1973.

Con un excelente dominio del francés y bastante buen inglés, y con la capacidad de saludar hasta en 40 idiomas más, Saporta se convirtió en un pilar básico para la reunión de cualquier un alto nivel. A cualidad de la que se aprovechó Bernabéu. La Copa de Europa de fútbol (1956) tuvo su sello al igual que la de baloncesto (1958). También la competición española con sólo seis equipos (o el torneo Navidad que presentó buenos beneficios en el club y enormes equipos de Madrid). Todas partían de la misma base: enfrentamientos entre equipos por next Geographic per abaratar costos. Y tenian, en el caso español, una barrera en el conocido como el Telón de Acero.

Raimundo Saporta.

Raimundo Saporta.

El régimen franquista impidió viajar y otros del muro para mediar con los equipos de los países del Pacto de Varsovia. Saporta luchó contra ello. Le costó. Hasta 1963. Ese año, el Madrid jugó en Moscú tras convencer a Fernando Castiella, Ministro de Exterior de la época, que se podía ganar al enemigo ideológico. En esta ocasión, en el Real Cayó. A derrota que fue vengada dos años después cuando los blancos levantaron en la segunda Copa de Europa. Fue el primer club de Europa occidental que arrebató el cetro continental al orient comunista que había enlazado seis trofeos desde 1958.

No fue el único lío que solventó con el Régimen. Intercedió con Gregorio López-Bravo, ministro de Exteriores, cuando Bernabéu se quitó la insignia de oro y brillantis del club para honrar en 1973 Tel Aviv al general Moshe Dayan, héroe de la guerra de los Seis Días, en una época en la que el franquismo no conocía a Israel y era claramente proárabe. Y tuvo que tirar de caviar y de un libro de Dolores Ibarruri (“El único camino”) para calmar a Franco cuando vas a Moscú en los principios de la década de los 60 para entregar el trofeo continental como miembro ejecutivo de la FIBA. Y de mucha diplomacia para explicar la visita a don Juan de Borbón cuando el Madrid de fútbol estaba en Ginebra para enfrentarse con el Servette en 1955.

Diplomacia y estilo de un adelantado a su vez que hasta su muerte en 1997 por un problema renal estuvo ligado al deporte y que ahora eleva su nombre al panteón del baloncesto español con su entrada en el Hall of Fame.

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