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la Guerra Fría sobre un tablero

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Puede algo tan aparentemente tranquilo como el ajedrez llegar a cotas de rivalidad y tensión planetarias? A la vista de lo ocurrido entre Bobby Fischer y Boris Spassky, sí. En julio de 1972, hace ahora casi 53 años, comenzó una partida por el título mundial en Reykjavik convertida en la extensión deportiva de la Guerra Fría que sostenían Estados Unidos, el país de Fischer, y la Unión Soviética, la patria de Spassky, que ha fallecido este jueves a los 88 años.

Fischer, el aspirante, era un joven genio excéntrico, el alma más turbadora y carismática que ha tenido el ajedrez. Con solo 29 años entonces, ya dejaba pistas de una personalidad paranoica, con brotes de locura y genialidad a partes iguales. Spassky, el campeón, tenía 35 años y representaba todo lo contrario: académico y fiable, difícilmente alterable, era el heredero de una tradición soviética que llevaba décadas dominando el mundo del ajedrez, un orden establecido contra el que Fischer atentaba con el atrevimiento de un recién llegado. En la cima de la tensión política entre Estados Unidos y la URSS, no era solo el ajedrez lo que estaba en juego, aunque los soviéticos se resistían a perder su supremacía sobre el tablero. Para hacerse una idea, en 1972 solo había federados 35.000 ajedrecistas en el país de Fischer, por nada menos que cuatro millones de jugadores en la Unión Soviética. Desde 1948 y hasta el Fischer-Spassky, todos los campeones mundiales habían sido soviéticos.

Así que el duelo se convirtió en un USA-URSS al más alto nivel, usado como arma propagandística de la Guerra Fría. Era Nixon contra Breznev, capitalismo contra comunismo, aunque esa dualidad podía discutirla alguien tan díscolo como el propio Fischer, que acabó renegando de su país años más tarde. Era la Partida del Siglo.


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Joan Justribó

Spassky, a la derecha, durante el famoso match por el título mundial en 1972 ante Bobby Fischer, que acabó llevándose una batalla emblemática de la Guerra Fría

El contexto sociopolítico impulsó la partida de Reykjavik a una popularidad que sobrepasaba los límites del ajedrez e incluso del deporte. Tras la Segunda Guerra Mundial el enfrentamiento Estados Unidos-URSS marcó la segunda mitad del siglo XX. Sin ninguna guerra directa y física entre ellos, mantuvieron posturas opuestas en todos los escenarios políticos con el mito, o no tan mito, de la guerra nuclear y el botón rojo sobre la mesa. Un clima de Guerra Fría que en 1972 no estaba en absoluto superado.

Bobby Fischer tenía 29 años cuando arrebató a la URSS su hegemonía. Después apenas volvería a jugar a alto nivel y acabó renegando del ajedrez y de su país

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Archivo

Desde 1948 hasta 1972 la URSS acumuló cinco campeones mundiales: Botvínnik, Smyslov, Tal, Petrosian y Spassky. Un éxito fomentado por la política interna que convirtió el ajedrez en una cuestión de estado. En Estados Unidos el juego no era popular, solo practicado en clubes de aficionados, sin escapar del amateurismo. Así fue hasta que apareció Bobby Fischer, un genio precoz. Aprendió a jugar a los 6 años con un tablero que le regaló su hermana y que se convirtió en una obsesión. Su madre le llevó al Club de Ajedrez de Brooklyn, donde ingresó con 8 años. Con 14 años ganó el Campeonato absoluto de Estados Unidos por primera vez ante rivales que triplicaban su edad. Era cada vez mejor jugador, y lanzó varios avisos a la elite soviética en las Olimpiadas de ajedrez y en el Torneo de Candidatos, hasta convertirse, en 1972, en el aspirante oficial al título mundial que entonces poseía Spassky.

El Match del Siglo comenzó el 11 de julio de 1972 en el escenario más neutral y remoto posible, Reykjavik, la capital de Islandia, mientras Estados Unidos comenzaba a girar sus ojos hacia aquel juego ‘extraño’ de las 64 casillas. Se convirtió en una historia periodística, el tipo que podía derrotar a los soviéticos en su especialidad y que había logrado que aquella partida se transmitiera para la TV USA por primera vez en la historia.

El reto de Bobby era derrotar al mejor del mundo. Boris Spassky había conocido de niño el sufrimiento y la miseria. Nacido en Leningrado en 1937, emigró con su familia a las cercanías de Moscú a los 4 años, huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Regresó a su ciudad natal en 1946, cuando ya había aprendido a jugar, y el ajedrez le sirvió para salir de la pobreza hasta convertirse en campeón mundial ante Petrosian en 1969.

Regresamos a la Partida del Siglo: Fischer, con todo dispuesto, se echa atrás y dice que no viaja, quiere más dinero. Si se retracta es gracias a Henry Kissinger, figura clave de la política americana. Su presión y 125.000 dólares de fijo le convencen: “OK, me subo al avión”.

Fischer realiza un movimiento ante la mirada de Spassky durante su match por el título mundial de ajedrez en 1972

Fischer realiza un movimiento ante la mirada de Spassky durante su match por el título mundial de ajedrez en 1972

Archivo

La final comenzó tras cerrar mil disputas, incluso acerca del tamaño de la mesa o la forma de las sillas. Tras dos días de lucha ganó Spassky la partida 1 después de un desarrollo igualado que decidió un error de Bobby. Con el marcador en contra, Fischer regresó a su recital de quejas. Dijo que le molestaban los ruidos de las cámaras y exigió que se dejase de filmar la final. El productor se negó alegando el contrato firmado. Resultado: Bobby no apareció en la segunda partida. 2-0 para Spassky.

La tensión de disparó. Fischer tenía hasta un billete comprado para largarse. Pero la situación se recondujo gracias a Spassky, que aceptó jugar en una sala sin público ni cámaras. Su gesto salvó la partida del siglo, y también acabó suponiendo su derrota, porque Fischer reaccionó y comenzó a ganar. Fue entonces Spassky quien se quejó y consiguió que se regresase al escenario principal del pabellón Laugardalshöll, aunque sin cámaras. Hubo tablas en la cuarta partida y Bobby venció en la quinta, empatando la serie. Fue una partida especialmente célebre: todo el público y hasta el propio Spassky, en pie, ovacionaron a Fischer después de resolver su victoria con una imaginativa lección de ajedrez.

Spassky apenas tuvo ya opción. Cayó en la desmoralización por el juego por momentos colosal de Bobby y solo volvió a ganar en la undécima partida. Su rival lo había aniquilado con un juego calificado como adelantado a su tiempo. Con aperturas que nunca había usado en partidas oficiales, Fischer agotó mentalmente a Spassky, quien renunció por teléfono el 1 de septiembre, una llamada que convirtió en campeón mundial a Bobby Fischer por un marcador de 12,5 a 8,5. Era el primer estadounidense campeón mundial. El verdugo de la URSS.

Fue la cima de su carrera, porque Bobby apenas volvió a jugar. Perdió el título por incomparecencia en 1975 ante Anatoly Karpov, huyó del ajedrez, renegó de su país y se alejó de cualquier contacto social hasta su muerte en 2008, precisamente en Reykjavik. 17 años después, Boris Spassky tabién ha dicho adiós, recordado, seguramente de forma injusta, más por aquella derrota que por su condición de uno de los mejores ajedrecistas de la historia.



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