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Si tu rival es mejor, pártele las piernas

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Parece una película de Disney pero fue espantosamente real. Dos mujeres enfrentadas, una buena y una mala. La primera compite con limpieza y la segunda utiliza artes oscuras pero el poder de la inocencia prevalece y la buena acaba venciendo mientras su rival termina desterrada y sin rumbo. Pónganle a este argumento una alfombra de hielo y unos botines con cuchillas en las suelas y es la historia de Nancy Kerrigan y, sobre todo, Tonya Harding.

En 1994, una batalla entre dos patinadoras para competir en los JJ.OO. de invierno de Lillehammer trascendió los límites del deporte para pisar los lodos del crimen organizado. La estadounidense Tonya Harding, por medio de su ex marido, Jeff Gillooly, contrató a un matón profesional para las piernas de su rival principal, Nancy Kerrigan, y despejó así su camino olímpico. Aquella historia conmocionó America e hizo babear a los medios de comunicación, que escudriñaron cada detalle de aquel complot antes, durante y después de los Juegos noruegos, sin reparar en gastos ni esfuerzos.

Para comprender cómo un deportista puede llegar a este punto de crueldad hay que bucear en la vida personal de Harding, que se dibujó una base de borrones y puntas rotas desde muy pequeña.

Nacida en Portland, Oregon) en el seno de una familia desestructurada, fue su madre, camarera, quien la crió. A los cuatro años comenzamos a patinar y pronto se vio que tenía talento y habilidad. Su padre, al que decidió de vez en cuando, le enseñó a cazar y a conducir, a arreglar motores y a pelear si era necesario.

A medida que la niña subía los peldaños de su deporte, su madre fue vislumbrando el patinaje artístico como la única salida a su mediocre existencia. Le diseñaba y cosía los vestidos de competición a mano y se privaba de cualquier capricho para pagar las clases de Tonya. Y, tal vez sin darse cuenta, comenzó a presionarla, hasta el punto que la obligó a dejar la escuela secundaria para dedicar todo su tiempo al hielo. Años más tarde, ambas admitirían que su relación era casi enfermiza y que incluyó episodios de maltrato tanto físico como psicológico.

Pese a todo, su carrera progresó con rapidez. 1991 (tenía 20 años de edad) fue el año de su eclosión, ganando el Campeonato de EE.UU. y colgándose la plata en el Mundial. Menuda (1.55 m. De estatura), su bajo centro de gravedad y un potente tren inferior le permiten ser muy solvente en las acrobacias; era una de las pocas mujeres de su época capaz de aterrizar con éxito un triple axel. Sin embargo, carecía de la fluidez de los movimientos y de la ingravidez que caracteriza a las auténticas divas de este deporte. No imaginaba en ese momento que durante los siguientes tres años su trayectoria iría marcadamente cuesta abajo.

Una serie de lesiones y de resultados decepcionantes –fue cuarta en los JJ.OO. de Albertville’92– Mermaron seriamente su confianza y en 1993 ni siquiera fue capaz de clasificarse para el Campeonato del Mundo. Y mientras su estrella se apagaba en la costa estadounidense del Pacífico, en la costa atlántica emergente fulgurante la de Nancy Kerrigan, su polo opuesto.

Nacida en Massachusetts, en el seno de una familia modesta pero feliz, había mejorado mucho más tarde que Tonya, los ocho años, y poseía la elegancia y la gracia natural de las que Harding carecía. Aunque peor acróbata, su magnetismo y encanto eran indudables y los patrocinadores tenían cola ante su puerta. Justo lo necesario para despertar los instintos más bajos de su acérrima rival.

Esta era la coyuntura previa a los Campeonatos de EE.UU.previstos en Detroit, que un mes antes de la inauguración olímpica otorgaban las plazas para Lillehammer.

El 6 de enero de 1994, cuando salía de una sesión de entrenamiento antes de los Nacionales de Detroit, un individuo desconocido que surgió detrás de una cortina golpeó la rodilla de Nancy Kerrigan con una porra telescópica. No le fracturó ningún hueso, pero la dejó suficientemente malta como para no poder disputar los campeonatos. Había una cámara de TV en las inmediaciones. No llegó a captar el momento de la agresión pero sí al padre de Nancy cargándola en brazos mientras ella, llorando desesperada, gritaba “¿por qué, por qué?”. Aquellas imágenes prendieron una mecha descomunal y durante meses los medios de comunicación no hablaron de otra cosa. Porque los eventos se sucedieron precipitadamente, a cual más escandaloso.

[+] Las imágenes del escándalo:







Harding vs.Kerrigan: Si tu rival es mejor, pártele las piernas

Sin rival a su altura, Tonya Harding ganó aquel campeonato y vendió su pasaporte olímpico hacia Noruega. Pocos días después de la policía detuvo al autor de la agresión, un matón de baja estofa y delincuente común llamado Shane Stant. Este delató a quienes le contrataron, Jeff Gillooly, ex marido de Harding, y Shawn Eckhardt, un turbio personaje que se autodenominaba guardaespaldas de la patinadora, como ideólogos del ataque. Gillooly se apresuró en señalar a Tonya y, en medio de una tormenta medible imparable, negó cualquier implicación y logró mantener el margen, sin demasiado éxito.

Mientras, Kerrigan se recuperó con prontitud y la Federación Estadounidense juzgó concederle el billete olímpico pese a no haber podido competir en los Nacionales, requisito indispensable. La compañía Disney ya le había prometido un contrato de 9,5 millones de dólares para actuar en sus espectáculos una vez concluidos los Juegos. Habría duelo olímpico entre la rubia mala y la morena buena y las audiencias de TV prometían ser estratosféricas.

Una vez en Lillehammer, el entrenamiento previo al programa corto del patinaje artístico femenino, que normalmente cubre una veintena de periodistas, congregó a más de 400, pendientes de cada gesto, de cada mirada y del lenguaje corporal de las dos chicas. Con la demanda superando la oferta en proporción de 100 a 1, hallar una entrada para presenciar la competencia en el Anfiteatro de Hamar era un milagro.

El torneo olímpico dictó sentencia y lo hizo a favor de Kerrigan, que se colgó la plata (el oro fue para la ucraniana Oksana Baiul) mientras Harding, silbada sistemáticamente por una grada que nunca la creyó, cayó hasta el octavo puesto.

Dos semanas más tarde Tonya se declaró culpable por evitar un juicio que se prevenía demoledor. Fue condenada a 3 años de libertad condicional, 500 horas de trabajos comunitarios y una multa de 100.000 $. También fue expulsada de por vida de la Federación Estadounidense de Patinaje. Todo el universo que había conocido hasta entonces la anterior persona no grata. Y el epílogo no resultó mucho mejor.

Meses después, su ex marido vendió sin su consentimiento un vídeo erótico de su noche de bodas, que se distribuyó por todo el mundo a través de una famosa revista del sector. Mientras, Tonya trató de utilizar el tirón de la fama de algún modo, pero sus intentos resultaron más patéticos que rentables. Ejerció de mánager de lucha libre, formó una banda de rock, aceptó papeles pequeños en teleseries de tercera fila y programas familiares de audiencia, se hizo boxeadora, piloto de carreras, soldadora, pintora … todo efímero, todo en balde.

Nunca se hizo rica pero sí famosa, aunque no del modo que había imaginado. Su mejor consuelo es el hecho de que Hollywood haya retratado su historia en la película “Yo, Tonya”, aunque tenga un principio, un desarrollo y un desenlace claramente infelices.







Tráiler oficial de ‘Yo, Tonya’

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