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The Undertaker toma el relevo de Michael Jordan


El tremendo impacto que ha tenido el documental de la ESPN “The Last Dance”
, tanto en consumo masivo como en aclamación crítica, traer consecuencias inevitables, un efecto llamado al mundo del deporte no podrá sustraerse, más aún cuando la competencia permanece en un incierto ‘standby’ y los aficionados necesitan metadona para sobrellevar la abstinencia. El problema es que, si la vara de medir es Michael Jordan y una producción impecable, vamos a hacer muy bien las cosas para no parecer una imitación barata.

La WWE (World Wrestling Enternainment), esa mezcla de lucha, circo, anabolizantes y fiesta de Víspera de Todos los Santos que ha conseguido hacerse con un espacio propio en el imaginario deportivo y que goza de buena salud tanto en maquillaje como en distribución televisiva y merchandising, ha sido la primera en atreverse a seguir la estela. Ha coincidido en el tiempo con ‘Aire’ pero es un proyecto que se ha trabajado durante los últimos tres años; esta semana se emite el tercero de los cinco capítulos de que consta. Siguiendo con la mimesis con MJ se titula ‘El ultimo viaje’, La última cabalgata, y la WWE, productora de la misma, ha elegido como protagonista a la figura más emblemática de su elenco: El enterrador (El Enterrador).








Si la conversión de la NBA en un fenómeno de alcance universal no puede comprender sin Jordania, el “boom” de la WWE como producto también está estrechamente afectado al magnetismo de Undertaker, que ha sido su icono más reconocible durante los últimos 30 años. Hoy, ya cumplidos los 55, sigue siendo un tótem pero está resquebrajado por la edad, las lesiones y un rosario de operaciones que le han recompuesto como han tenido un cuerpo muy maltrecho pero todavía imponente.

The Undertaker es un disfraz, una marca registrada. Abrigo largo, pesadas botas y un Stetson en la cabeza, todo de riguroso negro. Sus movimientos lentos, incluso torpes, que se pueden convertir en un centelleante ataque de serpiente no son más que una coreografía minuciosamente preparada para contribuir a alimentar su imagen de monstruo de Frankenstein. Como poner los ojos en blanco antes de una espectacular llave final o la inexpresividad inmutable de su rostro, contribuir con un vínculo con el inframundo, de donde supuestamente proceda. Sus silencios también son elocuentes y le convierten en único en un mundo de fanfarrones lenguaraces.

Tras esta máscara pretendidamente macabra está Mark Calaway, un giganteco tejano de 2.08 m. de estatura y 140 kilos de peso. Debutó en la WWE en 1990. Su primera aparición en Wrestlemania, el evento más importante del calendario, fue en 1991 en los Angeles; casualmente, dos meses más tarde Michael Jordan disputaría su primera final de la NBA frente a los Lakers.

Hasta ahora Calaway era una figura esquiva, casi inaccesible, parapetada tras su alter ego. Sólo su círculo más íntimo le llama por su nombre; el resto del mundo se dirige a él como “Tomador”. Pero el documental traspasa su personaje y su estadística para escarbar en las cicatrices físicas, morales y personales del más importante luchador profesional de la historia.

‘Kayfabe’: la ley del silencio

Undertaker define un sí mismo como “un dinosaurio” y en cierto modo es el último de una antigua estirpe. Durante tres décadas ha respetado lo que en el argot se conoce como Ay kayfabe ’, la omertá o la ley del silencio que se autoimponían los luchadores de la época dorada para proteger a su personaje, el tratamiento de evitar que conozca detalles de su nombre y vida fuera del ring. Bajo su manto de caballero oscuro ha acumulado siete títulos absolutos y una serie de 21 victorias consecutivas que no tiene parangón y que está directamente relacionado con su rentabilidad como producto.

La WWE es en buena parte una farsa, un teatro con peleas coreografiadas y decididas de antemano, pero hay mucho trabajo y mucha preparación física detrás porque un golpe malo o una mala caída pueden tener consecuencias devastadoras. En esta jungla en la que tu facturación depende directamente de tu buen estado físico, casi todo está permitido y parece imposible permanecer activo y en la cima durante 30 años. Calaway es un superviviente en un deporte en el que las muertes prematuras son una plaga recurrente por causa del desmesurado consumo de drogas, especialmente esteroides anabolizantes. El público que paga por ver el circo quiere espaldas como armarios roperos y bíceps hipertrofiados y si no los tienes que quedas fuera del negocio.

No, ‘The Last Ride’ no es ‘The Last Dance’ pero de ningún modo se trata de una producción menor y prescindible. El mero hecho de descorrer la cortina del cuarto de las vergüenzas inconfesables, al menos hasta cierto punto (registrar que es la propia WWE quien produce la serie), convierte el documental en más que interesante.

Calaway se revela como una persona sensible, capaz de ahondar en sus sentimientos de frustración por no ser capaz de dar lo que espera de sí mismo con el cuerpo abollado y dolores crónicos. Una serie de personajes secundarios ayudan a contextualizar su figura dentro y fuera del anillo y su tercera esposa, la ex luchadora Michelle McCool, descubre el calvario que supone para él entrar y salir del quirófano constantemente para seguir adelante con el peso de su propia leyenda, una pérdida de solo un coloso como él es capaz de soportar.



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